| Sep. 2nd, 2006 @ 03:06 am Sin título |
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Hombre delgado sale a escena.
Reverencia, mientras se quita el sombrero. Se acerca a un ataúd, y lo posa. Después, lo acaricia sensualmente.
Proyecta la voz, que se va volviendo fría según se acerca al final de la sala.
"Ni siquiera creía que podría librarse de mí, y se excusaba a sí mismo con la pereza. Al principio fui bastante permisivo: quería tantearle. Ver hasta dónde llegaría esta vez. Y no fue ni más fuerte, ni más débil que las otras trescientas, y aún así fue distinto. Pero no os equivoqueis, todas lo han sido."
- Comienza a sonar de fondo una música. Se intercala algún paso de baile -
"Le dejé que creyera que había ganado algo de terreno, para que la sacudida fuese más grande. Y vaya si lo fue, que se transformó en una convulsión continua. Al poco, ya tenía una necesidad real, como un vulgar yonqui.
Era divertido ver como trataba que nadie lo viese, a escondidas, en servilletas de bar.
Trató de cerrarse las puertas a sí mismo, para no verme dentro.
Fui cruel. Le concedí un aparente victoria.
Mientras creía que había ganado, fui preparándolo todo, disponiendo el cataclismo. Susurrando palabras disfrazadas desde dentro de su oído.
Y sucedió. La punta de una estilográfica asesina le rozo el cuello, y litros de tinta comenzaron a brotar en torrente de su yugular. Tinta de todos los colores pero, sobre todo, tinta roja y octarina oscura inundando las baldosas.
Se formaban letras que se agrupaban en frases. Todo manaba al ritmo de su mente acelerada.
De repente, toda esa tinta empezó a entrar otra vez en su cuerpo sin tener el más mínimo cuidado con los lugares por los que lo hacía. Ojos, nariz, boca. Poros de la piel. En todos y cada uno de los orificios de su cuerpo sentía fluír, mientras la herida no paraba de sangrar. Así se autoabastecía esa maravillosa y cálida fuente.
Se cierra el corte, y las sílabas formadas siguen entrando, sin siquiera diluírse antes. Se le clavan tildes y comas al intentar pasar.
Una vez ha cesado, se levanta repentinamente del suelo, y comienza a buscar. Cualquier cosa que sirva, con tal de que paren. Lo primero que encuentre. Un ordenador, un journal. Y escribe, y fluye, y sangra, y es uno con la tinta a píxeles que va dibujando sin cuidado por la pantalla a tal velocidad que las palabras parecen atropellar una y otra vez al cursor, que cae, por fin, muerto, listo para descansar en paz"
Sale de escena haciendo menos ruido que el silencio.
Queda el sombrero sobre el ataúd. |