| Medias verdades |
[Apr. 5th, 2008|11:54 pm] |
Volvió a mirarse el reloj, nerviosa. Ya pasaban cinco minutos de la hora acordada. No vendría. Y, en lugar de decepción, la recorrió un torrente de alivio. Ahora era ella la víctima, y no él. Ya no tenía que sentirse culpable por no haberle dicho toda la verdad. Sin embargo, cuando se disponía a irse, lo vió llegar.
Era más bajito de lo que lo había imaginado, pero tenía esa misma media sonrisa canalla de las fotos. Miró hacia ambos lados buscándola, y finalmente reparó en ella. La sonrisa no se extinguió, pero se torció un poco conforme se acercaba.
- Lo siento, se me ha hecho un poco tarde. ¿Eres tú, verdad? - Sí -admitió ella, avergonzada. Había sido todo un error, desde el principio. - ¿Y no te habrás olvidado de mencionar algún pequeño detalle en nuestras conversaciones por internet, verdad? - Es posible -volvió a asentir ella, deseando que la tragase la tierra, junto con esa silla de ruedas cuya existencia no se había atrevido a reconocer-. Ha sido una putada, y lo siento. Si quieres irte, lo entenderé. - En realidad es una ventaja para mí: así te resultará más difícil salir huyendo si empiezo a aburrirte.
Se hizo un instante de silencio. Se miraron. Finalmente, ella estalló en carcajadas.
- ¿Sabes que eres la primera persona que se atreve a bromear con mi condición nada más conocerme? - Siempre tiendo a reírme de las cosas que menos gracia tienen. Curiosamente, no es una virtud muy apreciada. - Empiezo a sospechar que ocultas defectos bastante peores. ¿Dónde vamos a ir? - Hay un café sin escalones aquí al lado. Para ser un caballero, ¿se supone que tengo que empujarte la silla, o algo? - Creo que puedo hacerlo sola, gracias. - Menos mal, porque conduzco fatal.
Y se fueron juntos, sonriendo a pesar de sus miedos. A pesar de sus inseguridades. A pesar sobre todo de la seria duda, forjada a fuerza de desengaños, de si aquel encuentro llegaría a ser algo más que una anécdota que contar a los amigos. |
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| El sujetador |
[Jan. 4th, 2008|12:40 am] |
La conocí en un autobús que iba a Granada. Me senté junto a ella, y ni siquiera recuerdo cómo inicié la conversación. En apenas unos minutos me di cuenta de que una mente inquieta e interesante se escondía detrás de aquellos enormes ojos, y de que aquellas horas de autobús que pensaba dedicar a aburrirme soberanamente iban a volverse interesantes.
Quedamos unos días después. Yo hacía poco que vivía en Granada, y no dudaba en pedir a cualquier desconocido (usualmente, desconocida) que me enseñase bares de tapas, así que ella me llevó a unos cuantos. Acabamos acodados en la barra de un bar bastante oscuro, con buena música y mejores precios. Yo, cometiendo el mismo error que ha precedido a todas mis derrotas, estaba haciéndome su amigo en lugar de dejarle claro cuánto me gustaba.
Como es costumbre en cualquier conversación (o por lo menos, en las que yo intervengo), acabamos hablando de sexo. Ella me dijo que, sólo por la forma en que un hombre le desabrochaba el sujetador, sabía exactamente cómo de bueno iba a ser en la cama. No supe qué contestarle, porque sus ojos y esa sonrisa pícara ocupaban toda mi mente. "¿Por qué no pruebas?", me dijo, sin abandonar aquella sonrisa que parecía prometer paraísos artificiales.
Miré a mi alrededor, pero amparados como estábamos en la semioscuridad de una esquina de la barra, nadie en todo el bar parecía prestarnos atención. Tranquila, ceremoniosamente, dejé mi jarra de cerveza en la barra y me acerqué a ella hasta que el contacto de sus pechos detuvo mi avance. Dejé una de mis manos a la vista, para que supiese que no la estaba usando, e introduje la otra bajo su ropa. Recorrí su espalda, tomé el broche del sujetador entre cuatro dedos y tensé los tirantes para abrirlo.
Semanas después, mientras le contaba la anécdota a una amiga, repetí la maniobra con ella. Mis dedos chasquearon y el broche se abrió, como suele ocurrir. Como siempre debiera ocurrir. Como no ocurrió aquella noche.
Mis dedos resbalaron. Ella se apartó un poco de mí. Seguía sonriendo, pero de otra manera. "Otra vez será", me dijo, y me invitó a un cubata, imagino que como premio de consolación. Media hora después me despedía con un beso en la mejilla. Y se alejó contoneándose deliberadamente, llevándose aquellos ojos, aquella sonrisa, y aquel maldito sujetador que no me quiso dar una oportunidad. |
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| El paraguas |
[Sep. 3rd, 2007|02:27 am] |
- Me lo he pasado muy bien -dijo él, mientras la acompañaba a la puerta-. Es una pena que te vayas tan pronto. - Mañana madrugo -mintió ella, tratando de ocultar su decepción. Si dijo "tengo que irme" fue sólo porque esperaba que él la retuviera. - Cuidado, que te dejas el paraguas. - Uf, un día me voy a dejar la cabeza -contestó, rumiando su frustración. Ya nunca podría volver a aquel piso con la excusa de recuperar ese paraguas que tan concienzudamente había escondido tras los demás. - A ver si nos volvemos a ver un día de estos. - A ver si es verdad. Hasta luego. - Adiós. - Te quiero -le confesó a la puerta, ya cerrada. Por un momento tuvo la esperanza de que él la hubiese oído, y durante casi un minuto esperó escuchar pasos que se acercasen a la puerta y la abriesen de nuevo.
Derrotada, salió al frío de la calle. Llovía. Menos mal que llevaba el paraguas. |
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| Perfección |
[Jul. 26th, 2007|03:35 pm] |
El espejo le devolvió una mirada radiante de satisfacción. Contempló su cuerpo fibroso y bronceado, su rostro libre de imperfecciones, su pose de triunfador. Tenía puesta una ropa que definía a la perfección su estilo y llevaba un peinado que lo decía todo acerca de su personalidad.
Analizó sus gestos y su postura: su mirada desafiante, su espalda erguida, el gesto sensual de sus labios en esa sonrisa de medio lado que tan atractivo le hacía. Todo estaba en orden. Miró el pesado reloj de oro que colgaba de su muñeca, copia idéntica del que habían lucido tantos famosos en aquel anuncio: ya era casi la hora.
Se alejó del espejo y miró a su alrededor. Allí estaban sus carísimos perfumes, sus palos de golf, una vitrina llena de trofeos, y sobre su mesilla de noche una cartilla del banco que ni siquiera necesitaba abrir para saber que tenía mucho, mucho dinero.
Sintió el impulso de mirar por la ventana y contemplar a esa marabunta de desgraciados, de personas torpes y sin futuro, que envejecerían y morirían sin salir de su propia mediocridad. Y peor aún, sin ser conscientes de ella. Pero no lo hizo, porque no quería ensuciarse la vista en un momento como aquel.
Había alcanzado la autoperfección. El resto de los mortales no podían hacer más que envidiarle y desear ser como él. Satisfecho, tragó el último puñado de pastillas y se tumbó en la cama, procurando que su postura fuese la adecuada para cuando lo encontrasen. Todo el mundo lo recordaría como un triunfador. Había vuelto a ganar. |
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| Libertad |
[Jun. 27th, 2007|02:15 pm] |
De pronto, como si algo hubiese estallado repentinamente en sus cabezas, todos los hombres de negocios soltaron sus maletines. Los notarios dejaron sus plumas en la mesa, los cajeros de supermercado levantaron la vista de la cinta transportadora, y los políticos enmudecieron al fin. Hubo en todo el mundo un instante de silencio expectante, mientras todos se preguntaban simultáneamente qué era lo que estaban haciendo con sus vidas.
Y entonces todos dejaron lo que estaban haciendo. Dejaron los taxis parados en mitad de la calzada, las máquinas de las fábricas sin supervisar, la comida a medio hacer. Todos esos oficinistas grises ahogados por una corbata y esas mujeres encadenadas perpetuamente a unos tacones salieron a la calle y levantaron el rostro hacia el sol. Miraron el cielo, a las personas que los rodeaban, y finalmente a sí mismos. Y rieron.
El eco de las risas se extendió por las calles de la ciudad como el rugido de una tormenta. Las fachadas de cemento se estremecieron, de tan poco acostumbradas como estaban a ese sonido. Y todas las risas estaban provocadas por haberse dado cuenta de lo cerca que habían estado todos de tirar a la basura sus vidas, condenándose a hacer lo que se suponía que debían hacer en vez de lo que querían.
Una vez que las risas se fueron apagando, todo el mundo comenzó a andar, cada uno por su propio camino, en busca de esos sueños que habían dejador aparcados años atrás para llevar una vida decente. |
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| La cita |
[May. 22nd, 2007|02:24 pm] |
No debíamos contar más de doce años. El que era mi mejor amigo y yo paseábamos por la feria del pueblo, algo más tarde de lo que correspondía a los niños que éramos. Los demás amigos habían ido a acostarse ya pero nosotros, embriagados del recién descubierto placer de trasnochar, tratábamos de alargar un poco más nuestras primeras noches de juerga.
Como suele pasar en estos casos, hablamos de lo divino y lo humano, de nuestras penas y alegrías, y nos sinceramos de esa forma tan absoluta que, por desgracia, se va olvidando con los años. Llegada la hora de ir a acostarse, mi amigo comentó "estaría bien que volviésemos aquí el año que viene, este mismo día y a esta misma hora, para tener otra conversación como esta". Cuando uno es tan joven, cree que lo único que se necesita para cualquier cosa es el momento y el lugar adecuados.
Durante algunos años el rito se repitió. No importa qué estuviésemos haciendo esa noche concreta, cuando llegaba la hora (que siempre tenía que recordarme él, porque yo soy un desastre y la olvidaba de año en año) nos separábamos del grupo, acudíamos a aquel lugar apartado y desnudábamos un poco el alma ante el otro.
Pero bien es sabido que el destino es un poco bastardo, y quiso que mi amigo y yo nos fuésemos distanciando. Ese año ya no salíamos juntos de fiesta y yo, borracho, olvidé acudir a la cita. Desde entonces hasta hoy, nunca he vuelto a recordar la hora exacta a la que teníamos que vernos. También hace bastantes años que apenas sé nada del que fuese mi mejor amigo.
Aún después de tanto tiempo a veces lo imagino, solo, esperándome como un idiota en ese lugar apartado al que yo olvidaría acudir. Y me sigue doliendo como aquella misma noche. |
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| Sara |
[May. 14th, 2007|01:24 pm] |
En su enésima visita a la nevera de la tarde, Sara escucha el teléfono. Como siempre que el aparato rompe su obstinado silencio, se le desboca el corazón y el aliento se le corta a cuchillo. Sin embargo no va a cogerlo. En cambio espera, con cada músculo tenso, a que su madre conteste.
Su cuerpo no se relaja hasta que no escucha a su madre saludar a su tía a través de aparato. Sólo entonces, con una mueca de desdicha que hace ya años que campa a sus anchas en su rostro, vuelve a asomarse al frigorífico. Ese mismo rostro por el que trata de evitar los espejos siempre que le es posible. Su mano se pasea distraídamente sobre los alimentos, hasta que finalmente se detiene en el trozo de tortilla de patatas que ha sobrado de la comida. Sabe que después se sentirá culpable, pero de alguna manera tendrá que olvidarse de ese teléfono al que nunca la llaman.
Devora la tortilla de pie, sin siquiera saborearla. Come para olvidar, para distraerse, para castigarse. Engulle esa tortilla fría para apartar de su mente, aunque sea durante unos instantes, la inmensa derrota que es su vida. Vuelve a su cuarto sintiéndose culpable y derrotada, sin apenas fuerzas para afrontar otra tarde de soledad, masturbación y fingirse una chica atractiva en los chats de internet. |
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| Sonriendo al verdugo |
[Jan. 5th, 2007|09:20 pm] |
Bueno, pues ahora que ha arrancado el nuevo año, ha dejado de acelerar y estamos seguros de poder soltarnos de la barra de sujección sin caernos de él, es un buen momento para mirar atrás y decir algo del año que nos trajo hasta aquí. Podría hacer un resumen magnífico contando todas las novedades que ese año ha traído a mi vida, pero como soy un perezoso, voy a hablar sólo del final, para evitar entrar en temas importantes que me den que pensar, que no son horas.
El sábado víspera de nochevieja quedé con un par de amigos para tomar una cerveza tranquilamente y planear lo que haríamos la noche siguiente. Como era de esperar, acabé sentado con otras diez personas en una mesa jugando al duro, y posteriormente dando tumbos por la calle a las cinco de la mañana. De aquí en adelante tengo que planear mis juergas, que cuando surgen solas son demasiado buenas.
Esa misma noche, al salir del sitio donde estaba con un amigo para regresar cada uno a su cama, nos pararon un par de cocainómanos de treintaytantos para atracarnos, o algo así. En estos casos lo que uno debe hacer es no mirarlos siquiera y seguir adelante, porque normalmente ningún atracador te agarra a no ser que esté decidido a acuchillarte. Pero yo, borracho e imprudente como yo sólo, decidí que me apetecía hacer amigos, así que me volví para darles un poco de conversación.
Aunque cuando escribo en este journal puedo parecer un amargado y un triste, en mi vida real puedo llegar a ser (especialmente borracho) más chulo que un ocho. Por tanto, no se me ocurrió otra cosa que comenzar a bromear con el cocainómano que llevaba la voz cantante, mientras él me amenazaba.
- Pero hombre, ¿cómo me vas a atracar, siendo las horas que son? Que luego llegas a tu casa las tantas, y cansao. Mejor quedamos mañana, con más tiempo ya si eso me matas y te lo llevas todo. - ¿Pero tú me estás vacilando? Saca la pistola -le dice a su compañero- que a este cabrón me lo cargo aquí mismo. - Me la he dejado en el coche -se excusa el otro, mintiendo tan mal que comprendí que no sólo no tenía pistola, sino tampoco coche. - Pues saca la navaja, que lo voy a rajar aquí mismo. ¡Tú, dame la cartera! - Pero si no llevo un duro hombre -le digo-. ¿Tú crees que si llevase pasta iba a estar aquí pasando frío contigo? Estaría bebiendo cubalibres como un condenao. - Que me des la cartera te he dicho, que te calzo dos ostias que te mato -me amenaza esta vez, porque obviamente tampoco lleva navaja. - Pero si nunca llevo cartera, y además estoy pelao. ¿Sabes lo que podríamos hacer? Juntarnos los cuatro y atracar al próximo que salga, a ver si sacamos algo.
Mi amigo seguía allí a mi lado, lo más silencioso posible, con una parte de él deseando irse y otra que lo obligaba a quedarse conmigo por si era necesario liarse a puñetazos en algún momento. Obviamente, por muy borracho que fuese yo, no hubiese empezado todo aquello de haber creído que aquellos dos tenían realmente una navaja, o los huevos suficientes para darme una bofetada y volcarme al suelo. Además, el más gallito de los dos era cuatro dedos más bajo que yo (que no soy precisamente muy alto), y me daba con la visera de la gorra en la nariz cada vez que se encaraba conmigo tratando de amedrentarme.
Total, que después de un rato de tira y afloja, se le debió bajar el speed o lo que quiera que llevase en el cuerpo, me dijo que era un tío con huevos y se hizo amigo mío. Nos dimos la mano, nos felicitamos el año, y nos fuimos cada uno por nuestro lado.
Después de eso y del kebab que me comí justo a continuación (porque trabar amistad con gente que amenaza con matarme siempre me da hambre), llegué a la conclusión de que, al final, la actitud con la que uno encara la vida determina mucho más la suerte que se tenga. |
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[Nov. 3rd, 2006|01:12 am] |
Se miraron silenciosamente a los ojos, sin saber muy bien qué decir. Ambos recordaban demasiado bien cada momento que habían vivido juntos, pero tenían aún más presente cada instante que habían sobrevivido sin el otro. Alargaron las manos a un tiempo, como movidos por un resorte, y acariciaron el rostro que los miraba. El rostro del amante, del complementario, del rival.
Al instante, estaban enzarzados en la vieja lucha de manos que desabrochan y lenguas que abrasan como aceite hirviendo. En el viejo juego de estiramientos y contorsiones que ambos conocían tan de memoria. Ejecutaron cada uno sus pasos, como una coreografía ensayada, en los momentos adecuados. Bailaron y gimieron al compás de una música que les era propia, de la sangre golpeando en las venas, de los nervios tiritando de excitación.
Al fin el agotamiento hizo mella en aquella masa de miembros que sólo un rato antes eran dos personas que se miraban. Jadeando aún, ella se levantó y comenzó a vestirse meticulosamente. Él la observaba, tumbado aún sobre la alfombra, mientras se incorporaba lentamente. Ambos volvieron a mirarse con intensas miradas vacías. En cuanto sus respiraciones se apaciguaron, la estancia quedó en el más absoluto silencio. Ella se dirigió a la puerta y, sin echar una mirada atrás, la cerró tras de sí.
Él se tragó el adiós que nunca llegaría a decirle, pero que tampoco significaba nada, y empezó también a vestirse. Ya había acabado todo. Además, hacía frío. |
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| Vida |
[Oct. 3rd, 2006|12:49 pm] |
Levantó el vaso para apurar lo que le quedaba de cerveza, y de repente algo se rompió en su interior. Quedó allí, paralizado en mitad del bar, con la cerveza calentándose a unos centímetros de su boca. A su alrededor, la conversación de sus amigos continuaba por los derroteros habituales.
Alguien comentaba cuánto ganaba en su trabajo. Otro se acababa de comprar un coche cojonudo. Había uno que decía follar mucho, y otro que sostenía que él follaba más. Alguien tenía una novia que estaba muy buena, pero la engañaba con otra chica aún mejor. Alguien estaba a punto de acabar su carrera, que nadie podía imaginar lo difícil que era. Alguien sostenía que su carrera era más difícil. Alguien la tenía muy larga. Alguien bebía más que nadie.
Se levantó de golpe, sin acabar la cerveza, y se fue sin despedirse. Nadie supo dónde había ido hasta varios semanas después, cuando un médico llamó a sus padres desde una ciudad lejana. Al parecer, alguien le había pegado una paliza que le había roto un brazo, dos costillas y tres dientes. Más tarde sus padres probablemente se enfadarían, pero cuando entraron a la habitación y lo vieron sonriendo, el alivio fue tan grande que los dejó sin palabras.
- Has estado cerca de la muerte -dijo su madre al fin. - He estado cerca de la vida -sentenció él, sonriendo entre sus labios partidos. |
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| Puntos de vista |
[Sep. 20th, 2006|11:38 am] |
El chico y la chica que bailan en la discoteca tienes amigos comunes, pero no se conocen lo suficiente como para tener una verdadera amistad. Ambos se consideran buenos bailarines, y mientras ella se contonea el chico la agarra de la cintura y procura mantener sus músculos lo más tensos posible. Ella, deliberadamente, lo roza un poco con las caderas. El chico baja un poco la mano.
Tras mucha insinuación pero nada más que eso, él la acompaña a su casa. En un portal mantendrán una de esas largas conversaciones que sólo tienen sentido a altas horas de la madrugada, pero que en su momento parecen la condensación de toda la filosofía del mundo. Cuando ella diga que es tarde, él tratará de besarla. Ella lo rechaza, el chico se disculpa y se despide con un apretón de manos. Mientras él vuelve a su casa y ella sube las escaleras, cada uno baraja como puede su pequeño remolino interior.
"Esta zorra sabía perfectamente lo que yo quería, y me ha dado todas las esperanzas posibles. Para al final, nada. ¿Qué pasa, es que le daba miedo venir sola a su casa? Toda la noche perdida haciéndome ilusiones, sólo para hincharle el ego a esa idiota."
"Ese capullo no podía pensar en nada que no fuera meterse en mis bragas. Toda esa atención, toda esa conversación, ese momento en que me ha parecido tan sincero... todo mentira. Un teatro para encubrir que quería conocerme lo menos posible, follarme, y olvidarme."
"¡Será calientapollas!"
"¡Será cerdo!" |
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| Diálogo ficticio |
[Sep. 10th, 2006|01:51 am] |
- ¿Por qué te quedaste? - Ese tipo me gustaba. - ¡Pero si era idiota! Y tú lo odiabas. - Por desgracia, eso no tiene nada que ver. - No termino de entender tu criterio para querer a un hombre. - ¿Y para qué quieres entenderlo? - Para saber cómo lograr que te enamores de mí.
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| Breve escena de portal |
[Sep. 1st, 2006|01:16 am] |
La miró una vez más, a la escasa luz del portal, como si quisiese memorizarla. Observó el rostro que había descubierto por primera vez aquella misma noche, y ella lo miró a su vez. Pero sus ojos, cobardes, no supieron sostenerle la mirada.
Como en tantas malas películas, ella estaba sola en la barra y él la había invitado a una copa. Después, muchas palabras, varias miradas furtivas y algún que otro suspiro. Y ahora él estaba allí, en la puerta de su casa, buscando las palabras que le impidiesen subir a acostarse, que la hicieran quedarse con él, que la obligaran a amarlo. Palabras exactas a las que no pudiese resistirse.
Pero las palabras no llegaban, y él no sabía hacer otra cosa que mirarse los pies, y el silencio se iba tensando lentamente como una cuerda de guitarra. Pero ella aún no se había ido, esperaba algo. Tal vez aquellas palabras que su mente buscaba febrilmente y que probablemente no existiesen.
Finalmente, ella se acercó y lo besó. En la mejilla, con un pequeño chasquido que le abrasó como un soplete. "Buenas noches", le dijo, y huyó hacia el interior del edificio. Para cuando él supo reaccionar, había sido ya engullida por las fauces del ascensor.
Consciente de que seguramente jamás volvería a verla, se encaminó lentamente hacia su propia casa, inventando historias sobre lo que podría haber sido y no fue. |
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| Al margen de la ley |
[Aug. 25th, 2006|10:29 am] |
Volvía de acompañar a su casa a una chica muy maja que había conocido esa misma noche. Me dirigía al piso de unos amigos a dormir tranquilamente la mona, y volver al pueblo al día siguiente. De repente, un coche de policía pega un frenazo, y antes de que haya terminado de detenerse, un agente de la autoridad salta de él y se dirige hacia mí.
- ¡Documentación! - ¿Pero qué...? - ¡Documentación!
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| Feliz concurrencia |
[Jun. 30th, 2006|07:58 pm] |
El profesor de prácticas de Programación Concurrente tiene unas enormes orejas de soplillo, lleva gafas de pasta y seguro que tuvo acné hasta cumplidos los treinta. Es la viva imagen del empollón sin amigos que al envejecer cree haber superado su complejo de inferioridad mediante el egolatrismo, pero en el fondo se sigue despreciando. La viva imagen de un tópico.
Lo miro con ojos infinitamente cansados. Son las ocho de la mañana, llevo despierto desde antes de las siete y he dormido unas cuatro horas. El me devuelve la mirada con un aire de superioridad completamente artificial. En el fondo, creo que le asusta un poco el trato con la gente. Comienza la entrevista de prácticas.
Me pregunto si mi mirada ha dejado traslucir algo de la lástima y el desprecio que estaba sintiendo por ese tipo. Me imagino que sí, porque yo tampoco le he caído muy bien a él. Estoy demasiado cansado para sonreír de manera convincente.
Al final de la entrevista, me recrimina que no recuerda haberme visto nunca por clase. A mi boca acude espontáneamente un "¿y me has echado de menos?" cargado de veneno, que consigo callarme. No quiero que me eche un sermón. También me dice que cree que mi compañero ha trabajado mucho más en las prácticas que yo. Vale, ahí lleva razón.
Finalmente, creyéndose probablemente algún personaje mitológico proponiendo un acertijo irresoluble (no la Esfinge sino algo mucho más friki, tal vez Bilbo Bolsón), nos propone: "Os voy a calificar la práctica con un 9, pero a repartir entre los dos como vosotros queráis". Y sonríe satisfecho. Seguro que se lo ha estado preparando toda la noche, para soltarlo por lo menos en seis o siete entrevistas.
"Quiero que mi compañero tenga un nueve y yo un cero" digo. No, no trato de ser un héroe. Simplemente él se merece aprobar más que yo, y ¿para qué coño quiero tener un cuatro? Por debajo de cinco es suspenso, las tengo que repetir en septiembre, punto. No me importa lo que piense el profesor. Ni lo que tenga que decirme. Si espera que le rogue por un aprobado, va listo. No necesito caridad de nadie.
Después el tipo se pone a decir algo, a contarme su vida. Que si tengo la parte teórica muy bien sí que me aprobará. No, si encima esperará que le de las gracias. A mí estas gilipolleces me las cuentas a las doce de la mañana, y yo me río y me voy a beberme una cerveza. Pero a las ocho, pues como que no me hacen gracia. Me joden un poco, incluso. Sólo tengo ganas de volver a mi piso y tratar de coger el sueño otra vez, así que doy por zanjada la entrevista.
Bueno, pues otras prácticas para septiembre. La vida es hermosa. |
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| El pozo |
[May. 26th, 2006|11:05 pm] |
El chico tenía trece años, una cabeza plagada de sueños y una sonrisa perpetuamente cosida a la cara. Vivía en un poblado pequeño en uno de esos países de los que el occidente desarrollado sólo conoce el nombre. Cada amanecer caminaba cuatro kilómetros hasta el pozo más cercano para recoger el agua que su familia bebería durante toda la mañana (por la tarde su hermana mayor tendría que hacer otro viaje). Era el mejor momento del día, porque ningún trabajo es demasiado duro si uno está enamorado.
Ella vivía en un poblado cercano, que compartía con el suyo el pozo. Cada mañana llegaba al pozo tan rápido como podía, a fin de pasar más tiempo con él. Así, poblaban el alba de susurros y caricias, y se despedían hasta el siguiente amanecer en que la sed de sus familias los uniese. Sus fugaces encuentros les llenaban de optimismo para afrontar el duro trabajo del día, y la inocencia que aún no habían perdido les decía que serían felices para siempre.
Esa misma inocencia que se llevaron un día los guerrilleros. Asaltaron el poblado del chico en nombre de la libertad, con armas pagadas por narcotraficantes. Su padre fue asesinado, y sus hermanas violadas ante él. Ese día la sonrisa se borró para siempre de sus labios.
Pasó varios meses como esclavo hasta que los paramilitares le entregaron un fusil. Para entonces, su corazón se había embrutecido y las drogas que le obligaban a tomar habían borrado su conciencia. Cuando asaltó su primer poblado de campesinos indefensos, se sintió un héroe. Una vez sometido el pueblo, el jefe guerrillero decidió que se cortaría la mano derecha a todos sus habitantes para que nunca olvidasen quiénes gobernaban ahora aquellas tierras. A él le tocó mutilar a una anciana. La mujer lo miró con unos ojos enormes y llenos de dolor, pero sus labios no emitieron el menor sonido cuando el chico hundió el machete en su carne.
Mareado aún por las drogas y la adrenalina de la batalla, miró el machete reluciente de sangre, y pensó que lo mejor sería volverlo sobre sí mismo. Solo así podría acabar con aquella locura. Pero llegaron sus compañeros, y lo vitorearon, y el instinto de supervivencia se impuso. Poco tiempo después, también participaría en las violaciones. El chico había decidido vivir.
El día en que volvió a verla llovía a cántaros. Hasta que no la vio, no se dio cuenta de lo cerca que estaba de su poblado natal. Hacía mucho que no pensaba en su vida anterior. La droga y las batallas habían sustituído sus recuerdos. Ella estaba tendida en el suelo, llorando, mientras otro guerrillero le rasgaba las ropas y trataba de forzarla. El chico, con la frialdad de la práctica, le voló la cabeza a su compañero de un sólo disparo, y se arrodilló para mirarla de cerca.
La chica sonrió entre sus lágrimas al reconocerlo, con la misma sonrisa que lo había enamorado un par de años atrás. Había alivio en sus ojos. Entonces él se levantó y apuntó cuidadosamente. "No permitiré que te hagan lo que a mí", le dijo, y le disparó entre los ojos. Antes de repetir el proceso con su propio cráneo, daría gracias a Dios por darle la oportunidad de salvarla. |
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| Historias pascuales I |
[Apr. 18th, 2006|03:49 am] |
Ni que decir tiene que he conocido a un montón de personas interesantes en la Pascua, todas ellas con muchas historias cosidas al alma. Pero de todas, la que más me ha llegado al corazón ha sido la de mi amigo P. (prefiero no poner su nombre porque no le he pedido permiso para contar su historia). Es una historia muy triste, pero también esperanzadora.
P. es una persona vital, alegre, siempre dispuesto a hacer sonreír a los demás, a gastar cualquier broma, a ayudar en lo que haga falta y no hacerle nunca un feo a nadie. Al mismo tiempo, sabe adoptar la seriedad necesaria para escuchar, aconsejar, comprender a cualquier persona que tenga la suerte de conocerlo. Jamás lo he visto enfadado, ni ha dejado de corresponder una sonrisa, ni ha dejado de ayudar a todo el que tenía cerca. Además toca el clarinete y el saxofón como un virtuoso, y es una persona muy inteligente.
P. tiene 46 años, un hijo de 26, una hija de 15, y una vida rota. Vive en un centro de Proyecto Hombre, compartiendo piso con otros nueve compañeros. Allí, las normas son estrictas: nada de alcohol, nada droga, no más de 20 cigarrillos al día, prohibido llevar dinero, prohibido salir a la calle sin que te acompañe algún terapeuta. Hay inspecciones diarias a las habitaciones y frecuentes sesiones con el psicólogo. La mayoría allí son drogodependientes que trata de superar el mono a golpe de metadona.
Cuando era joven, P. comenzó a hacer dinero transportando fruta en su coche. Poco a poco, a base de esfuerzo, empezó a manejar cantidades mayores, a cerrar tratos, a saber comprar barato y vender caro. Unos años después, tenía mujer, dos hijos, un montón de terrenos entre manos y mucho dinero. Era un hombre de negocios, y en un solo trato podía ganar varios millones. Trabajaba poco pero con habilidad, amaba a su mujer y sus hijos lo admiraban.
La peor droga de este mundo, lo que mayor capacidad para corromper las almas de los hombres tiene, es el dinero. Según sus propias palabras, se dio a la mala vida. Hizo algunos malos tratos, y decidió mentirse a sí mismo y evadirse de la realidad. No drogas, pero sí mucho tabaco, y bastante alcohol. Tal vez también mujeres y, probablemente, juego. Se separó de su mujer. Sus hijos le retiraron la palabra.
Un día se levantó y lo único que le quedaba era la ropa que vestía y la casa donde vivía. La vendió y con el dinero hizo tres partes: una para su hijo, otra para su hija, y la otra para ir pagando su estancia en el centro de Proyecto Hombre. Allí ha conocido a personas que, como él, pasan cada día de su vida torturados por la idea de que han destrozado su vida y la de su familia.
Hoy en día ya no se engaña. Sabe que todo lo que ha ocurrido ha sido culpa suya, y no culpa a sus hijos por no querer saber nada de él. Haberlos perdido ha sido la peor experiencia de su vida, pero aún tiene esperanza. Sabe que saldrá de ese pozo. Cuando esté rehabilitado, quiere empezar de nuevo, probablemente cogiendo frutas junto a inmigrantes subsaharianos para el tipo que tenga ahora su anterior negocio. Espera que haya algo en el mundo que pueda mitigar un poco su culpa. Tal vez algún día, sus hijos vean el hombre en que se ha convertido, lo miren a los ojos y lo vuelvan a llamar padre. |
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| El abuelo |
[Mar. 5th, 2006|06:01 pm] |
Hoy, como cada domingo, comida en casa de mis abuelos, luchando contra la resaca. Mi hermana tenía que hacer, para un trabajo del colegio, una entrevista a mi abuelo, y éste, que nunca habla mucho de su infancia, ha ido contando la pequeña historia de su vida.
Nació hace setenta años, y en cuanto supo andar comenzó a trabajar. Por temporadas, cuando había poco trabajo, lo mandaba su padre a la escuela, para que no molestase. Siendo muy pequeño un profesor lo descubrió dibujando en un cuaderno, y tras pegarle el manotazo de rigor, lo educó diciendo "los cuadernos son para hacer cuentas, no para dibujar tonterías". Aún hoy, mi abuelo trata de dibujar y no puede. Nunca aprendió.
Aún no tenía pelo más que en la cabeza cuando comenzó a pasar noches solo en el monte, cuidado el rebaño. Nunca aprendió ningún oficio, ni hizo otra cosa en la vida que ser agricultor y ganadero. Lleva unos sesenta años trabajando, y no comprende otra forma de vida. Los únicos libros que lee son diccionarios y enciclopedias. Nunca ha entendido el arte, porque para él las cosas tienen valor en función de su utilidad. Aún hoy, tiene una pequeña huerta y algunos animales, que cuida todos los días y con los que abastece a sus tres hijas y sus seis nietos.
A sus casi setenta años, se mantiene sano y fuerte. De hecho, estoy seguro de que no podría ganarle un pulso por más empeño que pusiese. Es también un hombre inteligente, pero totalmente carente de imaginación a no ser que las ideas puedan aplicarse a cosas tangibles. Jamás llegará a entender el concepto de abstracción, ni se leerá un libro de ficción.
A pesar de su severidad y de que aún no apruebe que lleve el pelo largo, le tengo mucho cariño y un profundo respeto. Su historia me hace consciente de lo afortunado que he sido en la vida y de lo poco que sé apreciarlo. |
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| Ser una estrella |
[Jan. 20th, 2006|04:06 pm] |
Se despertó con la boca pastosa y una gloriosa resaca. Su primer pensamiento fue que necesitaba otra raya de coca, pero lo desechó. Miró lentamente a su alrededor, tratando de contener las náuseas.
Estaba en una cama enorme, con sábanas de seda. A su lado había un cuerpo femenino desnudo, que dormía a pierna suelta. Era una rubia artificial preciosa, o al menos lo había sido antes de que se le corriese el maquillaje y manchase la almohada con él. Caderas bien torneadas, cintura estrecha, pecho levantado con implantes de silicona, pubis bien depilado. Se había pasado la adolescencia soñando con mujeres como aquella.
Fuera de la cama, la habitación era lujosa, pero necesitaba una buena limpieza. La alfombra de imitación de leopardo se había empapado con la botella de bourbon que yacía volcada sobre ella. El olor a whisky amenazó de nuevo la estabilidad de su estómago, pero logró contenerse.
Trató de recordar la noche anterior. Su memoria estaba compuesta de pequeños fragmentos de imágenes disueltos en drogas y alcohol. Habían dado un concierto que había salido genial. Habían bebido y fumado hasta reventar. Después, fiesta privada en el hotel. De algún modo aquella rubia había llegado a su cama. Escrutó el suelo en busca de cadáveres de preservativo, pero no encontró ninguno. En cualquier caso, no estaba de humor para preocuparse en esos momentos.
Se levantó y caminó tambaleándose hacia el cuarto de baño. Había restos de vómito en el lavabo. Miró su cara en el espejo, y por más que se repitió, como siempre que veía su reflejo, que era un triunfador, no acabó de creérselo. De repente, una corriente de odio que había estado gestándose durante años lo arrolló.
Odió aquel maldito hotel de lujo que podía pagarse. Aquella rubia de bote, similar a otro cientos de chicas que se habían acostado con él. No podía recordar el nombre de esta, ni de ninguna de las otras. No significaban nada, eran sólo cuerpos. Adornos, símbolos de su fama, como su rólex de oro o su ferrari. Ninguna de aquellas chicas lo amaba. No se acostaban con él, sino con el personaje que representaba en los escenarios. Se follaban su éxito, no a él. Si fuese un don nadie, ninguna de aquellas bellezas siliconadas se le hubiese acercado siquiera.
Odió los conciertos, a los fans, a los demás integrantes del grupo, los flamantes instrumentos, a su mánager, sus contratos millonarios, esas canciones comerciales que no sentía como suyas y que no hacían más que sonar en todas las emisoras de radio. Se sintió sucio, vacío, carente de sentido. No amaba nada de lo que hacía. Daría lo que fuese por volver a aquellos tiempos inciertos en los que soñaba con ser estrella del rock.
Se dijo que todo estaba en su mano. Salió de cuarto de baño a trompicones, arrastrado por su resolución. Dio una patada a la botella de la alfombra y llamó a su agente financiero. En su contestador dejó dicho que donase todos sus fondos a obras de caridad y que se buscase un nuevo empleo. Supuso que se lo tomaría como una broma, pero no le importó. Se vistió, cogió el poco dinero que encontró en el cajón, y se echó al hombro su vieja guitarra acústica, esa que siempre llevaba a las giras porque le traía buena suerte.
Mientras salía del hotel, nadie lo reconoció. Atrás había quedado todo: su grupo, sus tarjetas de crédito, su teléfono móvil, él mismo. Cuando salió a la calle camino de cualquier parte miró hacia arriba, el sol le dió en la cara, y sonrió. |
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| Otro cuento de autobús |
[Jan. 13th, 2006|09:57 pm] |
Levantar la vista en el autobús y verla ahí. Tan inesperada, tan misteriosa, tan llena de mi profundo desconocimiento. Tan hermosa, tan aleatoria.
Construir historias ficticias sobre su rostro, tejer mis mentiras en su contorno, imaginar tener valor para ir a hablar con ella. Desear que se baje en mi parada, ni antes ni después. Buscar desesperado en mi cenagosa memoria algo que me relacione con ella, algo que tengamos en común que me permita entablar una conversación. Ella, perfecta desconocida, cambia de postura, resistiéndose a todo intento de recordarla.
Soñar, que es gratis, con seducirla. Con decirle mirándola a los ojos lo preciosa que es. Con llevarla a algún sitio a tomar un café. Fantasear con su sonrisa, con su mirada esquiva. Tratar de oler su perfume en la distancia, de oir el roce de su ropa, de saborear su presencia, tan cercana y tan inalcanzable. Saber que tal vez mañana su visión pertenezca al olvido.
Mierda, me he pasado mi parada. Hasta siempre, desconocida. |
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