| _ariom_ ( @ 2008-07-23 02:28:00 |
Pongamos que vuelvo a hablar de Madrid
Tengo que admitirlo, Madrid me ha tratado bien. Lo cual es una sinécdoque (ah, cuánta cultura fingen palabras como esta) torpe para decir que todas las personas con las que he estado allí se han portado conmigo muchísimo mejor de lo que merezco. Así pues, gracias sinceras a
brenda_marlon,
alytes,
blutdesengels,
eproject,
atari_baby y
riago, aunque con éste último no haya podido quedar finalmente. Gracias también al puñado de personas no-livejournaleras que han conseguido, de alguna forma, que me sintiese como en casa estando a tantos kilómetros de ella.
Si esto fuese un diario mínimamente digno de tal nombre, ahora vendría una crónica del viaje. Y supongo que escribiré una. Y también supongo que no la subiré aquí, salvo quizá algún fragmento aislado, como tampoco subiré la fotos. No por nada, sino porque sería muy larga y fundamentalmente un coñazo para vosotros que me leéis. Los que estuvísteis conmigo en Los Madriles sabéis qué tal fue la cosa, y los que no, seguramente no os interese demasiado saberlo.
Lo que sí voy a escribir, en cambio, es una pequeña reflexión sobre psicología de baratillo, que es lo que mejor se me da. Al volver de este viaje, como de la mayoría de los que he hecho, traía miles de anécdotas que contar, mientras que mi entorno cotidiano se había mantenido bastante inalterable. Sin embargo, y también como siempre, la mayoría de las personas con que me he encontrado a mi vuelta apenas han esperado unos segundos tras su "¿qué tal?" inicial para contarme los pormenores de su vida en mi ausencia, o pedirme consejo sobre los problemas que les han surgido mientras yo no estaba.
Así pues, el pensamiento de hoy es que las personas en general no socializan porque les interesen los demás, sino para verse a sí mismos reflejados en otros ojos. Lo cual es genial, porque nos permite hacer lo que nos de la gana sin preocuparnos de qué es lo que pensarán otros. Estarán, obviamente, pensando en sí mismos.
Tengo que admitirlo, Madrid me ha tratado bien. Lo cual es una sinécdoque (ah, cuánta cultura fingen palabras como esta) torpe para decir que todas las personas con las que he estado allí se han portado conmigo muchísimo mejor de lo que merezco. Así pues, gracias sinceras a
Si esto fuese un diario mínimamente digno de tal nombre, ahora vendría una crónica del viaje. Y supongo que escribiré una. Y también supongo que no la subiré aquí, salvo quizá algún fragmento aislado, como tampoco subiré la fotos. No por nada, sino porque sería muy larga y fundamentalmente un coñazo para vosotros que me leéis. Los que estuvísteis conmigo en Los Madriles sabéis qué tal fue la cosa, y los que no, seguramente no os interese demasiado saberlo.
Lo que sí voy a escribir, en cambio, es una pequeña reflexión sobre psicología de baratillo, que es lo que mejor se me da. Al volver de este viaje, como de la mayoría de los que he hecho, traía miles de anécdotas que contar, mientras que mi entorno cotidiano se había mantenido bastante inalterable. Sin embargo, y también como siempre, la mayoría de las personas con que me he encontrado a mi vuelta apenas han esperado unos segundos tras su "¿qué tal?" inicial para contarme los pormenores de su vida en mi ausencia, o pedirme consejo sobre los problemas que les han surgido mientras yo no estaba.
Así pues, el pensamiento de hoy es que las personas en general no socializan porque les interesen los demás, sino para verse a sí mismos reflejados en otros ojos. Lo cual es genial, porque nos permite hacer lo que nos de la gana sin preocuparnos de qué es lo que pensarán otros. Estarán, obviamente, pensando en sí mismos.